jueves, 1 de abril de 2010

COLETA LA PAYASA. GLORIA FUERTES

Coleta se asoma, por la puerta de lona, del Circo Coco Drilo.
- Buenas. ¿Es usted el director del Circo Coco Drilo?
- Sí. ¿Qué quieres?
- ¡Quiero ser payasa! ¡Hacer reír! Hacer reír es una obra de caridad. Yo quiero ser payasa.
- ¡Uy ! ¡Tú payasa !
- Sí, yo, Coleta payasa.
¿Qué pasa?
¡Y menos guasa!

... Si quiere me cambio de nombre, y usted pone ahí un gran cartel que diga:
-BLASA, LA PAYASA-
- No, no es eso, es que para ser payasa, hay que tener experiencia.
- Mire, no tengo experiencia (ni sé qué es eso), pero tengo paciencia, gracia y salero, y además, ¡me conoce el mundo entero! Soy Coleta. ¡Coleta de España!
- Escucha, pequeñaja -dijo el director, para ser pasaya hay que ser mayor.
- Ahora escúcheme usted a mí, señor. Yo salgo a trabajar disfrazada, con la cara pintada, con la nariz postiza -de pelota de pimpón-, me pongo peluca y peluquín, y grandes zapatones con tacones, y así, los qeu van a ver mi arte al circo, nunca podrán adivinar los años que tengo.

- ¿Cuánto años tienes?
- Diez años y medio.
- Como los burros.
- No señor, como las burras. Soy niña.

Hubo un silencio extraño. Los ojitos de Coleta echaban lágrimas de pena.
- Bien. Veamos. ¿Qué sabes hacer?
Los ojitos de Coleta echaban chispas de alegría.
- De todo. ¡Sé hacer de todo!
- Cómo de todo...
- Sí, yo también como de todo -dijo Coleta nerviosa y añadió:
- Soy payasa, gimnasta, atleta y poeta (pero esto último a usted no le interesa). Hago el pino, el sauce y la mosca...

- ¿Cómo es «la mosca»?
- Mire, señor director, la mosca es un número muy divertido. Revoloteo por la pista y aterrizo suavemente en la calva de un señor espectador.

- ¿Y de música?
- ¡Uy! Todo de todo. Lo que mejor toco es la tuba.1
- Sí, pero no vamos a comprar una tuba sólo para uste. El circo no está para esos gastos. Además no creo que usted, tan canija, pueda sostener la inmensa tuba.
- Bueno, pues fuera el número de la tuba. También toco la trompeta -dijo Coleta.
- Eso «mí gusta» -dijo el director inglés.
Y Coleta dijo «yes».

Cuando los músicos empezaron a tocar un alegre pasodoble torero,
saltó coleta a la pista,
vestida de artista,
vestida de payasa,
con traje de seda y gasa.
Pantalón floreado de colores;
con todos los colores del arco iris.
Y un gorro blanco-picudo con plumas,
con todas las plumas del pavo real.
Y unos zapatos grandes con tacones,
con todos los tacones que podía aguantar.
Y los niños aplaudían.

Coleta llevaba una trompeta en la mano y mucho miedo en el cuerpo. Era la primera vez que iba a hacer el payaso (la payasa) ante gente que no conocía.
Cuando el foco la enfocó, empezó a tiritar, sin poderlo remediar, era como un «baile San Vito» con música de pasodoble.
Y los niños aplaudían

Coleta se acercó a las primeras filas y... De un niño cogió una risa,
y la convirtió en paloma,
y así otra, y otra y otra.
Y los niños aplaudían

- Y ahora,
voy a demostrar mi gracia,
haciendo fina acrobacia.
Coleta se quitó el gorro picudo y se puso una chichonera, se colocó la cabeza entre las piernas y comenzó a rodar por la pista, como una pelto de carne y hueso.
Y los niños aplaudían

A las tres o cuatro vueltas se desenrolló y mareada y medio bizca saludó.
Y los niños aplaudían

Ahora
señoras y señores
(niño, no llores)
¡el número de mi mágica trompeta!
- anunció Coleta-.

Se callaron los músicos rancios, y Coleta empezó a soplar la trompeta.
Intentó tocar «Tengo una muñeca vestida de azul» para que los niños lo cantaran, pero las notas salían fatal.

Mientras Coleta tocaba cada vez peor, pensaba:
- ¡Qué desastre! ¡Se me ha olvidado el tecleo de los botones estos! Soplar, soplo, pero consigo un higo. ¡Qué despiste y yo en la pista, haciendo el payaso de verdad!... ¡Estoy llorando! ¡Que no se enteren los niños! ¡Angelito de la guarda, ayúdame!

Y de pronto, de la trompeta de Coleta empezaron a salir pajaritos de todos los colores y picos que revoloteaban sobre las cabezas de los espectadores.
Y los niños aplaudían

Y los niños saltaron de sus asientos y se abalanzaron sobre Coleta.
Todos los niños querían tocar la coleta de Coleta.
Era un montón de niños, más, una montaña de niñas y niños rodeaban a Coleta Payasa. Ya no veían ni las plumas del gorro de la artista.

En esos momentos, Coleta era la Payasa más feliz del mundo, porque todos los niños querían besarla y porque, gracias a Dios, no tuvo que hacer el número de «la mosca».

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